Servando era un hombre alegre, dicharachero, sonriente. Sin dientes.
Era tan humilde que vivía con su burro. Su mujer era tan humilde que vivía con los dos. Y eran tan eso que llaman analfabetos que, el animal, de ellos nunca se separó.

Él había practicado el éxodo de los atormentados. La súplica de los renegados que rezan contra la pared. El pacto de los que abandonan el sitio que nunca los vio partir, los ánimos encontrados de los que nunca llegaron a salir.
El Estado libre asociado al que pertenecía no tenía parangón: primaveras y veranos a la orilla de los ríos. Otoños de improvisto. Inviernos en los campos arrimándose a una lumbre que lo trajo al mundo libre: la juventud. El sueño de los viejos agarrados a su raíz.

Pero su Estado libre asociado desapareció. Su sueño del mundo libre se desvaneció y los cuerpos que antes reposaban sobre un suelo tan verde que solo puede proceder de mezclar el azul del cielo con el tan amarillo sol, cambiaron de dirección.
Las tierras circundantes a la alquería donde nació quedaron inundadas por un agua artificial, una lluvia a contraviento que se estrellaba contra la pared. Una bruma perpetua que siempre mojaba los pies.
El embalse estaba tan lejos, que lo alcanzó.
Y todo lo que sobrepasa los límites provoca una reacción expansiva que en algún momento acaba en contracción, implosiona sobre sí mismo y genera un efecto contrario que sobrepasa la razón.
Cuanto más lejos, más grande.
Cuanto más grande, más fuerte.
Quizá porque el detonante original ya la sobrepasó.
Como todos en su situación, Servando abandonó su Estado libre asociado, la población más pequeña de la tierra y también la más preciada para él.
Tuvo que cambiarla por lo más parecido que encontró y fue la segunda población más pequeña de su órbita. Y, como todavía pertenecía al mundo libre, con su buen humor y su enamoradizo corazón, trasplantó las plantas de sus pies.
La nueva vida que concibió fue idéntica a la anterior: humilde como siempre la conoció. Repleta de cuerpos verdes mezclados de cielo y de sol. De almas en suspensión por simple imanación. Siendo parte de los campos sin otro jefe que la luna o el sol.
Y, aunque echó nuevas raíces, su raíz primaria nunca creció. Se quedó en el sitio donde estaba y de allí nadie la movió.
Y se emparejó. Montado en su burro, el tiempo cosechó. Su semilla fue compatible con la tierra que lo acogió y sembró un campo de niños correteando bajo el sol.
Pero el tiempo se hizo lunario.
El burro de Servando murió.
Y, para seguir siendo Servando, se agenció un burro nuevo, uno con el que transportarse al mundo libre. Uno con el que no tener que mirarle los dientes al corazón.
Pero a la sombra de las eras, cambiaron los pasos del tiempo. Las hebras se hicieron más duras y los anillos del tronco engrosaron. El mundo había evolucionado y se olvidaba de Servando. De nada valían los campos ni el aire recién reciclado.
El verde de sol y cielo no era el del papel serigrafiado. El trueque de energías tornó a un intercambio desigual y sus hijos abandonaron el hogar cuando empezaron a comer más de lo que podían generar.
Y los dientes se fueron cayendo. El pelo se fue secando. Abonando un terreno que no volvía a florecer.
Aun así, siguió siendo Servando. Con su chaqueta de pana así en invierno como en verano. Con su sombrero de negra tela y su burro atado a su mano, que los convertía de nuevo en tres. A él y a su mujer, trasportándolos por siempre al eterno mundo libre. Al que, en algún lugar del Estado, nunca dejó de existir. Al que le proporcionaba su sonrisa y su excelente buen humor.
Pero le diagnosticaron demencia. Fueron tantos años que el tiempo le dio la razón.
Y, con su último burro muerto, algo activó su interior.
Enfermo de lucidez, arrancó sus raíces del suelo con un magnetismo real. Con uno que no se puede evitar. Con uno que nada entiende de silogismos ni de verdes en el papel.
Volvió a la realidad como el salmón que remonta los ríos hasta el lugar en que nació. Como la paloma mensajera que vuelve al lugar del que algún día no partió. Con ese tipo de razón.
Su mujer dio la alerta de que ya no eran tres. De que las ecuaciones numéricas tienden a suspender. De que no hay matemática más exacta que la de los números primos, la de los números indivisibles o la de los decimales periódicos sin sitio para crecer.
Solo ella pudo saber dónde lo podían encontrar. Guiado por su estrella polar, por la constelación palpitante de su Estado singular.
Servando recuperó la cordura y se deshizo de todo lo material: de su mente racional, «la demente». Y en mitad del camino encontraron su cuerpo envejecido, forrado de pana y de verde florecido. Descompuesto de sol y de azul en el cielo. Cubierto de flores que nadie llevó.
Lo que supieron todos los que en algún momento le vieron sonreír es que su vida no acabó allí. Que Servando llegó a su Estado libre asociado y al eterno mundo libre que nunca le vio partir.
Por simple magnetismo o por pura fuerza motriz.
Por exacta matemática o por simple inercia del alma,
alcanzó su primaria raíz.
