La amapola lo sabe todo
La Papaver rhoeas no tiene nada de especial, podrías verla en el campo e identificarla como un yerbajo más. O ni siquiera verla.
Su aspecto es tan frecuente como el tuyo en un mar de cabezas. Como el peinado de moda o como el pecado original de los nacidos para morir. La paradoja de la originalidad vestida de clorofila.
Pero el paradigma del conocimiento está en su poder. Millones de años recorren su cuerpo y contiene más información de la que podamos asimilar, encriptada en códigos pendientes de descifrar.
Es verde porque sabe que tiene que ser verde.
Ya fue de todos los colores mucho tiempo atrás. Los conoce todos y, por eso, elige ser verde. Nos dice que es capaz de aprender y transmitir la información. Que es capaz de comunicarse. Que en su biblioteca de jeroglíficos está todo lo que hace falta saber y que la experiencia la convirtió en la enciclopedia de la espectrometría y la consecuente colorimetría.
Aunque nadie estuvo allí para documentarlo, supo que ser verde era la forma más eficiente de ser amapola.
Pero ¡ay cuando llega la primavera!
Sin salirse del tiesto, se vuelve loca.
Sabe cuándo es el momento. Cuándo hace frío y cuándo hace calor. Y sabe cuánto va a durar porque, si no, no se arriesgaría a decir lo que tiene que decir. No lo haría fuera de su turno de palabra y, son tantas cosas, que antes de hablar lo deja todo escrito en su vernáculo lenguaje. En el código indeleble del mapa de los tiempos. En el código rizado enraizado en su tintero. En la seda de la tinta que moja las palabras. En las frases no encubiertas de quien sabe interpretar.
Y monta el escenario. Con toda su energía levanta el mástil más alto que puede soportar, el palo de bandera con el que su guerra hará ondear. Un cargador en forma de granada contiene la verdad y saca un trapo rojo para bien o para mal.
Sabe que no está sola, que otros seres vivos la verán. También sabe que, si fuera verde, no sería especial. Y sabe que, si llama la atención, posiblemente morirá, pero también sabe que no sobrevivirá.
Entonces, en el momento más importante de su vida, elige no pasar desapercibida.
¿Podría polinizarla el viento? Podría. Ella sabe que el viento existe. Sabe que flota en una nube de gaseosa realidad.
¿Podría limitarse a ser normal? También. Pero ya fue de todos los colores y supo cuándo y cómo los podía utilizar.
Millones de años atrás puso en práctica su cálculo de probabilidades y, llegó a perfeccionarlo tanto, que aprendió a aplicar la teoría cuando más probable era ganar. Cuando más conveniente era arriesgar.
Para bien o para mal, saca el trapo de torear.
Con su bandera roja cambió su forma de comunicar. También la forma de mirar de los demás.
Les cambió el color de su cristal.
Lo hizo con colores primarios, sin iniciar ninguna escalada militar. Y con ello alimentó la mirada de los que estaban por llegar, de los fotorreceptores inocuos a la luz perpendicular.
Fue preponderante al decidir. Instructiva en su saber. Fue proactiva en sus secretos y loca en su forma de escribir. Capitana en escenografía y bailes a ritmo del viento. Confesora de los tiempos pendientes de libar. Versículo de las obras justificadas por su final.
David Martín Matas
1982, Salamanca.